El vehículo eléctrico es movilidad sostenible y también eficiencia energética. Es, por tanto, un eje fundamental en las estrategias como país para mejorar el medio ambiente y la energía.

El principal valor del vehículo eléctrico es su componente medioambiental y en un momento en el que es preciso reducir dramáticamente las emisiones contaminantes y perjudiciales para la salud, derivadas del tráfico rodado en las grandes ciudades especialmente del parque avejentado de vehículos de combustión que supera los doce años. En cualquier caso, el vehículo eléctrico no es un boom, ni es una moda pasajera, es la respuesta a una lógica evolutiva de una movilidad inteligente asociada a criterios de sostenibilidad y de eficiencia energética.

Sin embargo, el elevado precio de la luz desanima y enturbia el concepto de la recarga de un vehículo eléctrico aumentando la desinformación que abunda en los medios de comunicación.

El eterno debate que el sector de la movilidad eléctrica ha mantenido en estos últimos años sobre qué ha de ser primero, el huevo o la gallina o lo que es lo mismo, el vehículo o la infraestructura de recarga, se está resolviendo poco a poco con pasos tan importantes como el Real Decreto-ley 15/2018, que elimina la figura del gestor de carga, y con la ampliación progresiva de redes de punto de recarga rápida.

El precio de la recarga, la clave

Para que las estaciones de servicio apuesten por la recarga del vehículo eléctrico, debe haber detrás un modelo de negocio rentable y, por tanto, un precio justo tanto para el que carga como para el que gestiona y opera esa recarga.

Los ahorros más importantes de un usuario de vehículo eléctrico están en la recarga vinculada en el hogar o lugar de trabajo, que es la que utilizamos en el 80% de nuestras necesidades. Cuando realizamos un viaje medio o largo que requiere de recargas intermedias, lo que queremos es poder llegar al destino y, por tanto, que nos den una solución, pero eso no debe significar que el coste de la recarga tenga que ser gratuito o tendente a `cero´. Lo gratuito es enemigo de lo eficiente y detrás de unos equipos de recarga rápida y ultrarrápida hay una electrónica muy sofisticada, interconexiones y un coste del término de potencia importante.

Los usuarios de vehículos eléctricos consideran que no hay nada peor que llegar a un punto de carga gratuito y que no funcione porque nadie se dedica a mantenerlo y repararlo cuando se estropea.

El 80% de las necesidades de recarga de los vehículos eléctricos se realiza fuera del circuito de lo público y tan solo un 20% tienen lugar en infraestructuras de recarga rápida y ultrarrápida en itinerancia, permitiendo hacer viajes de medio y largo recorrido sin ansiedad de autonomía, y también en entornos urbanos para flotas destinadas a la última milla, el taxi eléctrico, los VTC’s y otros usos, como particulares que viajen a una determinada ciudad con su eléctrico, procedentes de un destino alejado.

Aun así, esa recurrencia será cada vez mayor por cuanto los vehículos eléctricos están incrementando las capacidades de sus baterías, que serán mayores incluso en los próximos años, pudiendo realizar hoy día trayectos de entre 250 y 400 km entre recargas y viajar largas distancias, valiéndose de esas infraestructuras de recarga rápidas y ultrarrápidas con mayor frecuencia.

Uno de los factores fundamentales en la factura de la recarga del vehículo eléctrico es el término de potencia, que es el precio que el usuario paga por su potencia contratada, que se multiplica por la cantidad de kilovatios (kW) que se tienen contratados y que refleja la parte fija que se tiene que pagar incluso aunque no se realice consumo alguno.

Este impuesto está suponiendo unos costes fijos en las infraestructuras de recarga que resultan desincentivadores para la inversión privada, ya que, por ejemplo, poner en marcha un punto de recarga de 50 kW implica un coste anual de unos 4.000 euros por término de potencia, cargue uno a un millón de usuarios. Para el particular, este impuesto supone también que la parte fija del coste de la factura eléctrica sea muy superior a la del coste por consumo.

Afortunadamente, en torno a la recarga del vehículo eléctrico existen tarifas especiales (tarifa súper valle o de doble tramo) que permiten que la recarga sea muy competitiva en precio atendiendo a las señales de precio del sistema y por ello, recarga un vehículo eléctrico en horario nocturno, que es cuando el vehículo permanece parado, resulta hasta 10 veces más barato que el coste de repostar un vehículo de combustión.

Sin embargo, este tipo de impuestos hacen que se desincentive el ahorro energético y penaliza la eficiencia.

Por Arturo Pérez de Lucia, Director Gerente de AEDIVE